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jueves, 7 de marzo de 2019

Miércoles de Ceniza 2019: El Papa Francisco invita a liberarse de “tentáculos del consumismo” en Cuaresma

Papa Francisco durante Misa de Miércoles de Ceniza
Foto: Captura de pantalla

El Papa Francisco preside este 6 de marzo 2019 la Misa de Miércoles de Ceniza en la que invitó a los fieles a liberarse en esta Cuaresma “de los tentáculos del consumismo y de las trampas del egoísmo” y a responder a la llamada del Señor, que “nos llama a una vida encendida en su fuego”.
“Necesitamos liberarnos de los tentáculos del consumismo y de las trampas del egoísmo, de querer cada vez más, de no estar nunca satisfechos, del corazón cerrado a las necesidades de los pobres. Jesús, que arde con amor en el leño de la cruz, nos llama a una vida encendida en su fuego, que no se pierde en las cenizas del mundo; una vida que arde de caridad y no se apaga en la mediocridad”.
Desde la Basílica de Santa Sabina, en Roma, el Papa dijo que la Cuaresma “es una llamada a detenerse, a ir a lo esencial, a ayunar de aquello que es superfluo y nos distrae. Es un despertador para el alma”.
“La Cuaresma”, continuó, “es el tiempo para redescubrir la ruta de la vida. Porque en el camino de la vida, como en todo viaje, lo que realmente importa es no perder de vista la meta”.
Afirmó que “para encontrar de nuevo la ruta, hoy se nos ofrece un signo: ceniza en la cabeza. Es un signo que nos hace pensar en lo que tenemos en la mente. Nuestros pensamientos persiguen a menudo cosas transitorias, que van y vienen. La ligera capa de ceniza que recibiremos es para decirnos, con delicadeza y sinceridad: de tantas cosas que tienes en la mente, detrás de las que corres y te preocupas cada día, nada quedará. Por mucho que te afanes, no te llevarás ninguna riqueza de la vida. Las realidades terrenales se desvanecen, como el polvo en el viento”.
“Los bienes son pasajeros, el poder pasa, el éxito termina. La cultura de la apariencia, hoy dominante, que nos lleva a vivir por las cosas que pasan, es un gran engaño. Porque es como una llamarada: una vez terminada, quedan solo las cenizas”.
Por lo tanto, “la Cuaresma es el momento para liberarnos de la ilusión de vivir persiguiendo el polvo. La Cuaresma es volver a descubrir que estamos hechos para el fuego que siempre arde, no para las cenizas que se apagan de inmediato; por Dios, no por el mundo; por la eternidad del cielo, no por el engaño de la tierra; por la libertad de los hijos, no por la esclavitud de las cosas”.
“Dios, los hermanos, mi vida: estas son las realidades que no acaban en la nada, y en las que debemos invertir. Ahí es hacia donde nos invita a mirar la Cuaresma: hacia lo Alto, con la oración, que nos libra de una vida horizontal y plana, en la que encontramos tiempo para el yo, pero olvidamos a Dios. Y después hacia el otro, con caridad, que nos libra de la vanidad del tener, del pensar que las cosas son buenas si lo son para mí”.
Finalmente, “nos invita a mirar dentro de nosotros mismos con el ayuno, que nos libra del apego a las cosas, de la mundanidad que anestesia el corazón. Oración, caridad, ayuno: tres inversiones para un tesoro que no se acaba”.
Fuente: Aciprensa 06.03.2019 / Publicado por: O.Revette 07.03.2019

miércoles, 6 de marzo de 2019

Papa Francisco alienta a jóvenes a no dejar la parroquia luego de la Confirmación

El Papa Francisco bendice a una joven. 
Foto: Daniel Ibáñez / ACI Prensa


En el encuentro que sostuvo con los niños y jóvenes de la parroquia San Crispín de Viterbo en Roma, el Papa Francisco los llamó a no dejar de asistir a la iglesia luego de recibir el sacramento de la Confirmación.
El domingo 3 de marzo 2019 el Papa mantuvo un diálogo con los niños y jóvenes que se preparan para la Primera Comunión y la Confirmación, y les dijo que luego de recibir estos sacramentos es necesario perseverar en la vida de fe “porque muchos hacen la Confirmación y dicen adiós al párroco y no vuelven sino hasta el momento del matrimonio. Es bello volver para el matrimonio. ¿Es bello o no?”. “Sí”, contestaron los presentes.
Luego Francisco continuó: “¿Es bello irse luego de la Confirmación y no volver más sino hasta el momento del matrimonio? No, esto no es bello. La Confirmación es el sacramento que les da la fuerza, la fuerza para luchar, para seguir adelante y para vencer en la vida. No es el sacramento del adiós a la parroquia”.
El Pontífice explicó que la Confirmación es el sacramento que da “fuerza para vivir como cristiano, para luchar, porque viene a ti el Espíritu Santo que te ayuda. Y la Confirmación nos ayudará a ir adelante en la vida, a luchar y sobre todo les dará una cosa bellísima: porque viene el Espíritu Santo, y el Espíritu Santo porta un regalo muy grande: la alegría. La Confirmación les dará la alegría”.
A continuación el Papa cuestionó: “¿Un niño o un joven que no es alegre, está bien?” y contestó: “No, no está bien. Se apaga y estará triste, así no está bien”. “Y si sientes tristeza y no puedes estar alegre, anda con tu mamá, con tu papá, con el párroco, con el catequista y pregunta: ‘¿Por qué no puedo estar alegre?’ Defender la alegría. Y díganme, ¿el diablo les da alegría?”, a lo que los asistentes respondieron: “No”. “No, te da tristeza y rabia. Te da rabia ¿y luego? Tristeza. La gente piensa que cuando el diablo te dice ‘haz esto’, te da alegría. Es una alegría aparente”, precisó el Papa.
Francisco comparó luego la falsa alegría que da el diablo con el comer caramelos, pues cuando se comen muchos, dijo, “duele el estómago”.
“El diablo te da la alegría de un momento y luego viene el ‘dolor de estómago’ en el alma. Te enferma el alma. En vez de eso, el Espíritu Santo te da la gloria que no enferma. ¿Entendido? ¡Sean valientes! Gracias. Y sean firmes. ¡Gracias!”, concluyó el Papa.
El numeral 1285 del Catecismo de la Iglesia Católica indica que “con el Bautismo y la Eucaristía, el sacramento de la Confirmación constituye el conjunto de los ‘sacramentos de la iniciación cristiana’, cuya unidad debe ser salvaguardada”.
Además señala que a los bautizados “el sacramento de la Confirmación los une más íntimamente a la Iglesia y los enriquece con una fortaleza especial del Espíritu Santo”.
“De esta forma quedan obligados aún más, como auténticos testigos de Cristo, a extender y defender la fe con sus palabras y sus obras”.
“La Confirmación, como el Bautismo, imprime en el alma del cristiano un signo espiritual o carácter indeleble; por eso este sacramento solo se puede recibir una vez en la vida”, señala el numeral 1317.
Fuente: AciPrensa 05-03-2019 / Publicado por: O.Revette 06-03-2019

martes, 26 de febrero de 2019

Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma de 2019

El Papa Francisco. Foto: Daniel Ibáñez / ACI Prensa


La Santa Sede difundió este martes 26 de febrero 2019 el mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma de este 2019, en el que, mediante el ayuno, la oración y la limosna, hace un llamado a la conversión.
“Que nuestra Cuaresma suponga recorrer ese mismo camino, para llevar también la esperanza de Cristo a la creación, que ‘será liberada de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios’. No dejemos transcurrir en vano este tiempo favorable. Pidamos a Dios que nos ayude a emprender un camino de verdadera conversión. Abandonemos el egoísmo, la mirada fija en nosotros mismos, y dirijámonos a la Pascua de Jesús; hagámonos prójimos de nuestros hermanos y hermanas que pasan dificultades, compartiendo con ellos nuestros bienes espirituales y materiales”.
A continuación, el texto completo del mensaje del Papa Francisco:
Cada año, a través de la Madre Iglesia, Dios «concede a sus hijos anhelar, con el gozo de habernos purificado, la solemnidad de la Pascua, para que […] por la celebración de los misterios que nos dieron nueva vida, lleguemos a ser con plenitud hijos de Dios» (Prefacio I de Cuaresma). De este modo podemos caminar, de Pascua en Pascua, hacia el cumplimiento de aquella salvación que ya hemos recibido gracias al misterio pascual de Cristo: «Pues hemos sido salvados en esperanza» (Rm 8,24).
Este misterio de salvación, que ya obra en nosotros durante la vida terrena, es un proceso dinámico que incluye también a la historia y a toda la creación. San Pablo llega a decir: «La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios» (Rm8,19). Desde esta perspectiva querría sugerir algunos puntos de reflexión, que acompañen nuestro camino de conversión en la próxima Cuaresma.
1. La redención de la creación
La celebración del Triduo Pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, culmen del año litúrgico, nos llama una y otra vez a vivir un itinerario de preparación, conscientes de que ser conformes a Cristo (cf. Rm 8,29) es un don inestimable de la misericordia de Dios.
Si el hombre vive como hijo de Dios, si vive como persona redimida, que se deja llevar por el Espíritu Santo (cf. Rm 8,14), y sabe reconocer y poner en práctica la ley de Dios, comenzando por la que está inscrita en su corazón y en la naturaleza, beneficia también a la creación, cooperando en su redención.
Por esto, la creación —dice san Pablo— desea ardientemente que se manifiesten los hijos de Dios, es decir, que cuantos gozan de la gracia del misterio pascual de Jesús disfruten plenamente de sus frutos, destinados a alcanzar su maduración completa en la redención del mismo cuerpo humano. Cuando la caridad de Cristo transfigura la vida de los santos —espíritu, alma y cuerpo—, estos alaban a Dios y, con la oración, la contemplación y el arte hacen partícipes de ello también a las criaturas, como demuestra de forma admirable el “Cántico del hermano sol” de san Francisco de Asís (cf. Enc. Laudato si’, 87). Sin embargo, en este mundo la armonía generada por la redención está amenazada, hoy y siempre, por la fuerza negativa del pecado y de la muerte.
2. La fuerza destructiva del pecado
Efectivamente, cuando no vivimos como hijos de Dios, a menudo tenemos comportamientos destructivos hacia el prójimo y las demás criaturas —y también hacia nosotros mismos—, al considerar, más o menos conscientemente, que podemos usarlos como nos plazca.
Entonces, domina la intemperancia y eso lleva a un estilo de vida que viola los límites que nuestra condición humana y la naturaleza nos piden respetar, y se siguen los deseos incontrolados que en el libro de la Sabiduría se atribuyen a los impíos, o sea a quienes no tienen a Dios como punto de referencia de sus acciones, ni una esperanza para el futuro (cf. 2,1-11). Si no anhelamos continuamente la Pascua, si no vivimos en el horizonte de la Resurrección, está claro que la lógica del todo y ya, del tener cada vez más acaba por imponerse.
Como sabemos, la causa de todo mal es el pecado, que desde su aparición entre los hombres interrumpió la comunión con Dios, con los demás y con la creación, a la cual estamos vinculados ante todo mediante nuestro cuerpo.
El hecho de que se haya roto la comunión con Dios, también ha dañado la relación armoniosa de los seres humanos con el ambiente en el que están llamados a vivir, de manera que el jardín se ha transformado en un desierto (cf. Gn 3,17-18). Se trata del pecado que lleva al hombre a considerarse el dios de la creación, a sentirse su dueño absoluto y a no usarla para el fin deseado por el Creador, sino para su propio interés, en detrimento de las criaturas y de los demás.
Cuando se abandona la ley de Dios, la ley del amor, acaba triunfando la ley del más fuerte sobre el más débil. El pecado que anida en el corazón del hombre (cf. Mc 7,20-23) —y se manifiesta como avidez, afán por un bienestar desmedido, desinterés por el bien de los demás y a menudo también por el propio— lleva a la explotación de la creación, de las personas y del medio ambiente, según la codicia insaciable que considera todo deseo como un derecho y que antes o después acabará por destruir incluso a quien vive bajo su dominio.
3. La fuerza regeneradora del arrepentimiento y del perdón
Por esto, la creación tiene la irrefrenable necesidad de que se manifiesten los hijos de Dios, aquellos que se han convertido en una “nueva creación”: «Si alguno está en Cristo, es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo» (2 Co5,17). En efecto, manifestándose, también la creación puede “celebrar la Pascua”: abrirse a los cielos nuevos y a la tierra nueva (cf. Ap 21,1).
Y el camino hacia la Pascua nos llama precisamente a restaurar nuestro rostro y nuestro corazón de cristianos, mediante el arrepentimiento, la conversión y el perdón, para poder vivir toda la riqueza de la gracia del misterio pascual.
Esta “impaciencia”, esta expectación de la creación encontrará cumplimiento cuando se manifiesten los hijos de Dios, es decir cuando los cristianos y todos los hombres emprendan con decisión el “trabajo” que supone la conversión. Toda la creación está llamada a salir, junto con nosotros, «de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21).
La Cuaresma es signo sacramental de esta conversión, es una llamada a los cristianos a encarnar más intensa y concretamente el misterio pascual en su vida personal, familiar y social, en particular, mediante el ayuno, la oración y la limosna.
Ayunar, o sea aprender a cambiar nuestra actitud con los demás y con las criaturas: de la tentación de “devorarlo” todo, para saciar nuestra avidez, a la capacidad de sufrir por amor, que puede colmar el vacío de nuestro corazón.
Orar para saber renunciar a la idolatría y a la autosuficiencia de nuestro yo, y declararnos necesitados del Señor y de su misericordia.
Dar limosna para salir de la necedad de vivir y acumularlo todo para nosotros mismos, creyendo que así nos aseguramos un futuro que no nos pertenece. Y volver a encontrar así la alegría del proyecto que Dios ha puesto en la creación y en nuestro corazón, es decir amarle, amar a nuestros hermanos y al mundo entero, y encontrar en este amor la verdadera felicidad.
Queridos hermanos y hermanas, la “Cuaresma” del Hijo de Dios fue un entrar en el desierto de la creación para hacer que volviese a ser aquel jardín de la comunión con Dios que era antes del pecado original (cf. Mc 1,12-13; Is 51,3).
Que nuestra Cuaresma suponga recorrer ese mismo camino, para llevar también la esperanza de Cristo a la creación, que «será liberada de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21). No dejemos transcurrir en vano este tiempo favorable. Pidamos a Dios que nos ayude a emprender un camino de verdadera conversión.
Abandonemos el egoísmo, la mirada fija en nosotros mismos, y dirijámonos a la Pascua de Jesús; hagámonos prójimos de nuestros hermanos y hermanas que pasan dificultades, compartiendo con ellos nuestros bienes espirituales y materiales. Así, acogiendo en lo concreto de nuestra vida la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, atraeremos su fuerza transformadora también sobre la creación.
Fuente: AciPrensa 26-02-2019 / Publicado por: O.Revette

lunes, 3 de diciembre de 2018

Estas son las tres dimensiones del Adviento, según el Papa Francisco


Pasado, futuro y presente son las tres dimensiones del tiempo de Adviento, según explicó el Papa Francisco en la Misa celebrada este lunes 3 de diciembre 2018 en la Casa Santa Marta.
Según señaló, el orden de estas tres dimensiones no es casual, sino que tiene una justificación evangélica. Así se puede contemplar en el Evangelio del día, de San Mateo, en el que un centurión romano se acerca a Jesús en Cafarnaúm para pedirle que cure a su siervo, que padecía una parálisis.
Ante la voluntad de Jesús de acudir a su casa para ver a su criado, el centurión le detiene diciéndole que no es digno de recibirle en su casa, y con solo una palabra podrá curarle. Sin embargo, el Papa explicó que Jesús, con su venida, “purifica el espíritu”.
Es de esa purificación de donde surgen las tres dimensiones del Adviento. La primera, el pasado, “la purificación de la memoria”. Recordar que “ha nacido el Señor, el Redentor que vino para salvarnos”.
En este sentido, advirtió del peligro de “mundanizar la Navidad”. “Sí, tenemos la fiesta…”, y está el peligro de que “la fiesta impida la contemplación del Nacimiento y se convierta en una fiesta mundana” en vez de “una fiesta de familia con Jesús en el centro”.
La gente entonces se pierde “en las compras, los regalos, esto, lo otros…, y el Señor se queda ahí, olvidado”. Por eso, este período de Adviento es necesario “para purificar la memoria de aquel tiempo pasado, de aquella dimensión”.
Futuro, la segunda dimensión, la esperanza, “la purificación de la esperanza”, el prepararse “para el encuentro definitivo con el Señor”.
“Porque el Señor regresará. Y volverá a preguntarnos: ‘¿Cómo ha ido tu vida?’. Será un encuentro personal, un encuentro personal con el Señor. Hoy lo tenemos en la Eucaristía y no podemos tener un encuentro así, personal, como en la Navidad de hace 2000 años: tenemos la memoria de aquello. Pero cuando Él regrese, tendremos ese encuentro personal”. Por lo tanto: “Hay que purificar la esperanza”.
Por último, el Pontífice exhortó a cultivar la dimensión cotidiana de la fe, la fe en el día a día, eclipsada por las muchas preocupaciones de la vida sin recordar que Dios es “el Dios de las sorpresas”.
Esa tercera dimensión del Adviento, la dimensión del presente, “es la del día a día”. Consiste en “purificar la vigilancia. Vigilancia y oración son dos palabras para el Adviento, porque el Señor vino en la historia a Belén, y vendrá, en el fin del mundo y en el fin de la vida de cada uno de nosotros”.
No obstante, finalizó el Papa, el Señor “también viene cada día, en cada momento, a nuestros corazones, por medio de la inspiración del Espíritu Santo”.
Fuente: AciPrensa 03-12-2018
Publicado por 03.12.2018: O.Revette (Pastoral de Comunicación y Medios SanCarlosBorromeo, Caricuao Caracas Venezuela)

Papa Francisco: En Adviento abramos nuestros corazones a las necesidades de los demás


En sus palabras previas al rezo del Ángelus, frente a la multitud reunida en la Plaza de San Pedro del Vaticano, el Papa Francisco recordó que hoy comienza el tiempo de Adviento, y alentó a abrir nuestros corazones “a las necesidades de nuestros hermanos y al deseo de un mundo nuevo”.
El Santo Padre señaló que “hoy 02 de Diciembre 2018 comienza el Adviento, el tiempo litúrgico que nos prepara para la Navidad, invitándonos a alzar la mirada y abrir el corazón para recibir a Jesús, lo que se espera de la gente”.
“En Adviento no solo vivimos la espera de la Navidad”, indicó, sino que “también estamos invitados a despertar la expectativa del glorioso regreso de Cristo, preparándonos para el encuentro final con Él con decisiones coherentes y valientes”.
“En estas cuatro semanas estamos llamados a salir de un modo de vida resignado y rutinario, alimentando esperanzas y sueños para un nuevo futuro”, expresó.
El Papa subrayó que para “vivir este tiempo desde hoy hasta Navidad”, es clave “estar en vela y orar”.
“El sueño interior nace del girar siempre en torno a nosotros y nos quedamos atrapados en nuestra vida cerrada con sus problemas, sus alegrías y sus dolores”.
Mientras que el Adviento, dijo, “nos invita a un compromiso de vigilancia, mirando hacia afuera de nosotros mismos, ampliando nuestra mente y nuestro corazón para abrirnos a las necesidades de nuestros hermanos y al deseo de un mundo nuevo”.
“Es el deseo de tantos pueblos atormentados por el hambre, la injusticia y la guerra. Es el deseo de los pobres, los débiles, los abandonados”.
“Este tiempo es oportuno para abrir nuestros corazones, para hacernos preguntas concretas sobre cómo y por quién gastamos nuestras vidas”, aseguró.
El tiempo del Adviento, añadió, “se trata de levantarse y orar, de volver nuestros pensamientos y nuestros corazones a Jesús que está por venir”.
“Te levantas cuando esperas algo o a alguien”, indicó, y precisó que “nosotros esperamos a Jesús y lo queremos esperar en oración, que está estrechamente relacionada con la vigilancia”.
“¿Pero cuál es el horizonte de nuestra espera en oración? Lo indican en la Biblia sobre todo las voces de los profetas. Hoy es la de Jeremías, que habla al pueblo que fue sometido a duras pruebas por el exilio y que corre el riesgo de perder su propia identidad. Incluso nosotros, los cristianos, que también somos el pueblo de Dios, nos arriesgamos a mezclarnos y perder nuestra identidad, de hecho, para ‘paganizar’ el estilo cristiano”.
Al finalizar su mensaje, el Papa expresó su deseo de “que la Virgen María, mujer de espera y oración, nos ayude a fortalecer nuestra esperanza en las promesas de su Hijo Jesús, a experimentar que, a través de las pruebas de la historia, Dios permanece fiel y se sirve de los errores humanos para mostrar su misericordia”.
Fuente: AciPrensa 02-12-2018 / Publicado por: O.Revette (Pastoral de Comunicacion y Medios SanCarlosBorromeo, Caricuao Caracas)

martes, 15 de mayo de 2018

¿Qué hacer si me confieso siempre de lo mismo? Responde el Papa Francisco

El Papa Francisco confiesa a una joven en la Plaza de San Pedro. Foto: Vatican Media


En el encuentro que sostuvo este lunes 14 con una numerosa delegación de la Diócesis de Roma, el Papa Francisco explicó lo que una persona puede hacer cuando siempre se “confiesa de lo mismo”.
En la Basílica de San Juan de Letrán, el Papa presidió un evento en el que reflexionó sobre las “enfermedades mentales”, una temática que los fieles de Roma han analizado en los últimos meses.
Al iniciar el evento, Francisco presidió una breve oración y luego el P. Paolo Asolan, profesor del Pontificio Instituto Pastoral Redemptor Hominis de la Pontificia Universidad Lateranense, hizo un resumen de lo que trabajaron las comunidades de Roma en los últimos meses sobre las “enfermedades espirituales”.
Entre ellas mencionó la fatiga espiritual, la falta de comunión entre quienes realizan las iniciativas pastorales de Roma; el chisme y el miedo; y la falta de oración.
“Santo Padre, necesitamos de usted y queremos escucharlo para poder iniciar la cura de estas enfermedades. Necesitamos de Jesucristo”, dijo el sacerdote al Pontífice.
En su reflexión, Francisco dijo que las personas pueden vivir una experiencia de “frustración o amargura”, incluso de manera “cotidiana, cuando voy a confesarme y digo lo mismo de siempre. Cuando vas a confesarte y te pasa eso, detente y pregúntate por qué no cambias”.
“¿Cómo hacerlo? Cada uno debe encontrar el camino. Tú solo no puedes. Solo nadie puede curar. Es necesario que alguno me ayude. El primero es el Señor. Identifica la enfermedad, el pecado, el defecto, la raíz, la raíz amarga de la que habla la Carta a los Hebreos y habla primero con el Señor”.
Después, continuó el Santo Padre, cada uno debe decir: “‘Mira esto Señor, siempre caigo en lo mismo’; y luego buscar a alguien que me ayude, un alma buena que tenga este carisma de ayuda, y no tiene que ser necesariamente un sacerdote. El acompañamiento también es un carisma laical porque viene con el Bautismo”.
Indicó que ese carisma “puede estar en la comunidad, un anciano, un joven, el cónyuge. Déjate ayudar por alguien: habla con Jesús, con otro, con la Iglesia. Este es el primer paso. Luego ayudará leer algo sobre el tema”.
Tras recordar que “el único que puede curar es el Señor”, el Papa explicó que “la amargura y la frustración se dan cuando sientes que no puedes cambiar, cuando hay impotencia. El Señor quiere hacerte crecer con la experiencia de la curación”. “Es un signo de la redención, para curar nuestras raíces. Él nos ha curado plenamente. La gracia cura hasta el fondo”, agregó.
El Pontífice alentó también a buscar la armonía en las parroquias. Para eso propuso tres puntos concretos: “Primero la persona del Señor, Cristo, el Evangelio en la mano. Todos los días debemos leer un pasaje del Evangelio”.
“Segundo la oración: si lees el Evangelio de pronto viene la idea de dialogar brevemente con el Señor. Tercero: las obras de misericordia. Con estos tres puntos superemos el cansancio. Siempre pidamos la gracia de la armonía”, concluyó.
Fuente: AciPrensa 14mayo2018 / Publicado por: O.Revette 15.05.2018


sábado, 5 de marzo de 2016

El sacerdote confesor es también un pecador pero la absolución es real, recuerda el Papa Francisco

El sacerdote confesor es también un pecador pero la absolución es real, recuerda el Papa Francisco


Una joven se confiesa. Foto: Walter Sánchez Silva / ACI Prensa

VATICANO, 04 Mar. 16 / 07:57 am (ACI).- El Papa Francisco recibió esta mañana en audiencia a los participantes del Curso anual sobre el “Foro Interno” promovido por la Penitenciaría Apostólica de la Santa Sede, a quienes les habló de la importancia del Sacramento de la Reconciliación, recordó que son pecadores y les aconsejó sobre cómo tratar a los penitentes.
El curso pretende ayudar a los sacerdotes recién ordenados y a los seminaristas que lo harán próximamente a formarse adecuadamente para administrar bien el Sacramento de la Reconciliación.
“El confesor es, él mismo, un pecador, un hombre siempre necesitado de perdón” y debe tener siempre una actitud de “fe humilde y generosa, teniendo como único deseo que todo fiel pueda experimentar el amor del Padre”.
El Pontífice también explicó que el fiel arrepentido, después de recibir la absolución del sacerdote, “tiene la certeza, por fe, de que sus pecados no existen más, han sido borrados por la divina misericordia”.
Así, “cada absolución es, de cierta manera, un jubileo del corazón, que alegra no solo al fiel y a laIglesia, sino sobre todo a Dios mismo”.
De nuevo, el Papa hizo hincapié en la importancia de que el sacerdote sea “un canal de alegría” y de que el fiel, después de haber recibido el perdón, no se sienta más oprimido por las culpas, y pueda mostrar la obra de Dios que lo ha liberado”.
Francisco denunció que la actualidad está “marcada por el individualismo” y es necesario estar junto a las personas. “Comporta la obligación todavía mayor de coherencia evangélica y de benevolencia paterna”, dijo. 
“La celebración de este Sacramento requiere en efecto una adecuada y actualizada preparación para que cuantos se acerquen puedan tocar con la mano la grandeza de la misericordia, fuente de verdadera paz interior”.
Francisco señaló que “la misericordia, antes que ser una actitud o una virtud humana, es la elección definitiva de Dios a favor de todo ser humano para su eterna salvación”. Se trata de “una elección sellada con la sangre del Hijo de Dios”.
El Santo Padre recordó que “la posibilidad del perdón está de verdad abierta a todos, está abierta de par en par, como la más grande de las puertas santas”, para que coincida con el corazón mismo del Padre, que ama y atiende a todos sus hijos, de modo particular a aquellos que se han equivocado y que se han alejado”.
La misericordia puede llegar de diferentes formas, según el Papa. “A través de la apertura de una conciencia sincera; por medio de la lectura de la Palabra de Dios que convierte el corazón; mediante un encuentro con una hermana o un hermano misericordioso; en las experiencias de lavida que hablan de heridas, de pecado, de perdón y de misericordia”.
A su vez, Francisco explicó que gracias a Jesús se puede pasar de la esperanza a la certeza de sentirse perdonado y dio algunos consejos sobre la actitud que debe tener un sacerdote cuando confiesa.
“Debemos siempre recordar que somos instrumentos de la misericordia de Dios para ellos, entonces, estemos atentos a no poner obstáculo a este donde de salvación”.



Fuente: AciPrensa
Publicado por: O.Revette 05.03.2016 4:12am
Pastoral de Comunicación Social y Medios SanCarlosBorromeo

Cuidado con el efecto del pecado que ciega al hombre, advierte el Papa Francisco

Cuidado con el efecto del pecado que ciega al hombre, advierte el Papa Francisco


Papa Francisco durante Misa en la Basílica de San Pedro / Foto: Daniel Ibáñez (ACI Prensa)

VATICANO, 04 Mar. 16 / 04:17 pm (ACI/EWTN Noticias).- El Papa Francisco presidió esta tarde la Misa y celebración Penitencial en la Basílica de San Pedro con ocasión de la jornada “24 horas con el Señor”, donde invitó a los fieles a acercarse al sacramento de la Confesión y así dejar atrás la ceguera del espíritu “que impide ver lo esencial” y “fijar la mirada en el amor que da la vida”.
“El pecado también tiene este efecto: nos empobrece y aísla”. “Es una ceguera del espíritu, que impide ver lo esencial, fijar la mirada en el amor que da la vida; y lleva poco a poco a detenerse en lo superficial, hasta hacernos insensibles ante los demás y ante el bien”, dijo el Papa.
Francisco reconoció que “la presencia cercana de Jesús permite sentir que, lejos de él, nos falta algo importante. Nos hace sentir necesitados de salvación, y esto es el inicio de la curación del corazón. Luego, cuando el deseo de ser curados se hace audaz, lleva a la oración, a gritar ayuda con fuerza e insistencia, como hace Bartimeo”, dijo el Papa en su homilía en referencia al Evangelio proclamado en la liturgia.
Este Evangelio narra la historia del ciego Bartimeo y cómo Jesús le cura después de gritarle pidiéndole ayuda. “Cada uno de nosotros se encuentra en la situación de Bartimeo”, dijo Francisco.
“Su ceguera lo había llevado a la pobreza y a vivir en las afueras de la ciudad, dependiendo en todo de los demás”, recordó sobre la historia.
“Qué fácil y equivocado es creer que la vida depende de lo que se posee, del éxito o la admiración que se recibe; que la economía consiste sólo en el beneficio y el consumo; que los propios deseos individuales deben prevalecer por encima de la responsabilidad social”, denunció el Pontífice.
El Obispo de Roma destacó que “mirando sólo a nuestro yo, nos hacemos ciegos, apagados y replegados en nosotros mismos, vacíos de alegría y libertad verdadera”. “Pero Jesús pasa; y no pasa de largo: ‘se detuvo’, dice el Evangelio”, añadió.
Por otro lado, el Pontífice explicó que siempre hay alguien “que no quiere detenerse, que no quiere ser molestado por el que grita su propio dolor, prefiriendo hacer callar y regañar al pobre que molesta”. Esta “es la tentación de seguir adelante como si nada, pero así se queda lejos del Señor y se mantienen distantes de Jesús y de los demás”.
El Papa pidió que cada uno reconozca “ser mendigos del amor de Dios” y no deje “que el Señor pase de largo”. A su vez, recordó que el Jubileo de la Misericordia “es un tiempo favorable para acoger la presencia de Dios, para experimentar su amor y regresar a él con todo el corazón”.
“Como Bartimeo, dejemos el manto y pongámonos en pie: abandonemos lo que nos impide ser ágiles en el camino hacia él, sin miedo a dejar lo que nos da seguridad y a lo que estamos apegados; no permanezcamos sentados, levantémonos, reencontremos nuestra dimensión espiritual, la dignidad de hijos amados que están ante el Señor para ser mirados por él a los ojos, perdonados y recreados”.
El Obispo de Roma también dijo a los Obispos que “estamos llamados a escuchar el grito, quizás escondido, de cuantos desean encontrar al Señor”.
“No debemos ciertamente disminuir las exigencias del Evangelio, pero no podemos correr el riesgo de malograr el deseo del pecador de reconciliarse con el Padre, porque lo que el Padre espera antes que nada es el regreso a la casa del hijo”.
“No lo olvidemos: sólo Dios es quien obra en cada persona. Nosotros hemos sido elegidos para suscitar el deseo de la conversión, para ser instrumentos que facilitan el encuentro, para extender la mano y absolver, haciendo visible y operante su misericordia”, concluyó.

Fuente: AciPrensa
Publicado por: O.Revette 05.03.2016 4:08am
Pastoral de Comunicación Social y Medios SanCarlosBorromeo